La Fanta, hoy una popular bebida de Coca-Cola, tiene orígenes inesperados en la Alemania nazi de 1940. Nació como respuesta al bloqueo de ingredientes impuesto por los aliados, obligando a buscar alternativas locales. Bajo la dirección de Max Keith, se utilizaban residuos de otras industrias alimentarias, como el suero de leche y la pulpa de manzana, creando un refresco de sabor variable y aspecto amarillo pardusco. El nombre «Fanta» proviene de la palabra alemana «Fantasie» y su aceptación fue inmediata, vendiendo tres millones de cajas en 1943 a pesar de sus vínculos publicitarios con el régimen nazi.
Este producto se convirtió en un edulcorante de emergencia durante el racionamiento de azúcar, y su éxito demuestra cómo la innovación puede surgir en momentos de escasez. Post-guerra, Fanta fue relanzada en 1955 en Nápoles con una nueva fórmula basada en cítricos locales. La expansión global de la marca comenzó en Estados Unidos en 1958, llegando a convertirse en un icono mundial.
Sin embargo, su historia no ha estado exenta de polémicas. En 2015, una campaña publicitaria por su 75 aniversario en Alemania causó revuelo al evocar «los buenos tiempos de antes» sin mencionar el contexto bélico y su asociación con el nazismo, lo que llevó a su pronta retirada. Este episodio recordó el pasado complicado de otras marcas con vínculos similares, como Volkswagen e IBM, planteando preguntas sobre la responsabilidad y la ética de la industria en tiempos de guerra. En resumen, tras su inocente apariencia, Fanta esconde una historia de supervivencia e ingenio en uno de los periodos más oscuros del siglo XX.
