Desde el final de la Guerra Fría, Europa ha intentado competir con Estados Unidos en el ámbito militar a través de la construcción de programas militares conjuntos, enfrentándose a desafíos como intereses nacionales dispares, culturas industriales diferentes y egos tecnológicos. A pesar de las promesas de integración y menor dependencia de tecnología extranjera, pocos proyectos han logrado estos objetivos. Un esfuerzo notable es el FCAS (Sistema de Combate Aéreo del Futuro), liderado por Francia, Alemania y España, planteado como una estrategia para avanzar tecnológicamente sobre Estados Unidos y disminuir la dependencia de los cazas F-35 americanos. Sin embargo, el proyecto de más de 100.000 millones de euros se enfrenta a serias dificultades que amenazan con revertir sus objetivos, incrementando la posibilidad de que Europa continúe adquiriendo F-35 y España refuerce su flota estadounidense, contradiciendo sus ambiciones originales.
El principal obstáculo para el FCAS proviene de Dassault Aviation, una compañía con una larga historia de controlar el diseño y la producción de la aviación militar francesa, quien se ha resistido a compartir el liderazgo técnico o aceptar una gobernanza compartida con Airbus. Este desafío se agrava con los conflictos sobre las especificaciones técnicas y el control industrial entre Francia, que favorece un avión más ligero y versátil para operaciones navales, y Alemania, que prefiere un avión más pesado y polivalente.
A pesar de los intentos del presidente francés Macron por revivir el FCAS, las tensiones internas y la limitada influencia del gobierno sobre Dassault insinúan que los problemas del proyecto están profundamente arraigados. España, que se unió al proyecto con la esperanza de liberarse de la dependencia tecnológica estadounidense, ahora se encuentra atrapada en una situación irónica donde la falla del FCAS podría resultar en una mayor dependencia de los cazas F-35.
En este contexto, Alemania contempla la posibilidad de avanzar por su cuenta o buscar nuevos socios, mientras Francia protege a su industria nacional. La dificultad del FCAS simboliza la complejidad de una defensa europea unificada y deja a España frente a un dilema doble: la inversión en un proyecto estancado y la presión por regresar al paraguas tecnológico de Estados Unidos. De este modo, el anhelo de un avance europeo independiente en defensa parece esfumarse, reforzando el tradicional equilibrio con Estados Unidos no por falta de ambición, sino por exceso de control y desacuerdos internos.
