Las grandes tecnológicas, antes vistas como pioneras en la adopción de energías renovables y neutralidad climática, enfrentan ahora el reto impuesto por el auge de la inteligencia artificial (IA). La demanda eléctrica de estos gigantes de la tecnología crece a un ritmo que supera la capacidad de generación basada en fuentes renovables como el viento y el sol, recurriendo así al gas natural para cubrir el desfase. Google y Microsoft, por ejemplo, registran consumos eléctricos anuales que superan al de más de un centenar de países, y a pesar de firmar contratos récord de energía limpia, sus emisiones de gases de efecto invernadero continúan en aumento.
Un informe de la iniciativa Open Energy Outlook indica que la demanda de electricidad de centros de datos y criptominería podría aumentar hasta un 350% entre 2020 y 2030 en EE. UU., representando entre el 4% y el 9% del consumo total. Esta situación ha desatado una «era dorada de la demanda energética», según palabras de John Ketchum, CEO de NextEra Energy, quien advierte sobre el límite físico para incorporar nuevos electrones a la red con la rapidez necesaria, dejando al gas natural como solución temporal predominante.
El desafío radica en la necesidad de suministro constante que exige la IA, lo que las fuentes renovables, sin sistemas de almacenamiento masivo o redes más robustas, no pueden garantizar actualmente. Las turbinas de gas, antes vistas como equipamiento en desuso frente a las renovables, ahora experimentan un renacimiento dada la urgencia de generación adicional, evidenciando un cuello de botella en su producción.
Mientras tanto, las tecnológicas no abandonan la energía renovable. Google, por ejemplo, ha firmado acuerdos para adquirir energía eólica y solar, pero la estructura actual no asegura que el consumo coincida en tiempo y espacio con la generación limpia. La expansión de soluciones como el almacenamiento en baterías y el refuerzo de las redes eléctricas son vistas como vías para incrementar la integración de renovables, pero el crecimiento exponencial de la IA demanda soluciones inmediatas.
Empresas tradicionalmente enfocadas en renovables ahora consideran el gas como una solución urgente, e incluso la energía nuclear gana terreno como alternativa de suministro estable y limpio. Sin embargo, la capacidad nuclear relevante tardará años en estar operativa, dejando al gas como el respaldo estructural necesario en el corto plazo.
Este panorama refleja una fricción entre dos transiciones: una digital, que avanza a paso acelerado, y otra energética, que sigue un ritmo regulado y más lento. El desafío radica en adaptar la planificación energética para satisfacer la demanda emergente sin comprometer los objetivos de sostenibilidad, equilibrando progreso digital y estabilidad de la red. La inteligencia artificial, en su expansión, pone a prueba la capacidad del sector energético para evolucionar rápidamente hacia soluciones más sostenibles y eficientes.
